miércoles, 27 de julio de 2011

Un día de Domingo

Carlos es un tipo común y corriente, de esos que uno se cruza en cualquier esquina. Está casado con María, su novia desde que terminaron la secundaria en el 94. Tiene dos hijos que son lo más importante para él y trabaja en una oficina para una importante distribuidora de repuestos automotores. Vive en Barracas y es hincha de Boca. Es un hombre como cualquiera.

Pero a medida que se acerca el fin de semana, Carlos empieza a sentir que le pica el bichito del fútbol. Porque el partido de Boca no arranca con el pitazo del árbitro. No, el partido ya comienza el jueves cuando comienzan las apuestas fantasiosas con sus compañeros de oficina, ante el componente femenino que escucha atónito promesas del tipo: “Si este fin de semana le ganamos a Boca, el lunes vengo a trabajar desnudo” o “Si Palermo hace un gol, mi hijo se va a llamar Record Palermo Boca González”. Promesas que habitualmente no cumple pero no dejan de ser hilarantes y pueden servir de consuelo en caso de que el resultado no sea el esperado: “Lo bueno es que aunque sea, estos muertos evitaron que tuviera que pagar un asado para toda la planta” dirá.

Finalmente el fin de semana llega, pero la ilusión de Carlos no es poder pasar tiempo en familia. Juega Boca, con todo lo que eso significa. Las primeras horas del domingo lo reciben con un café y la sección deportiva que leerá detenidamente mientras despotrica entre dientes por los buenos resultados del rival y las malas decisiones tácticas del entrenador de su equipo. María ya conoce la ceremonia de cada semana y no protesta.

El mediodía se acerca y Carlos decide que es hora de que sus hijos se levanten. Hay que almorzar y salir para la cancha por lo cual utiliza su mejor técnica para despertarlos, entrar a su habitación cantando canciones de cancha. El cuarto de Martín y Román, sus hijos, está decorado con pósters, banderines y recuerdos de los momentos de gloria. Los chicos también son hinchas de Boca, tuvieron su carnet de socios antes que su DNI y elegir otro equipo que no fuera el Xeneixe hubiese significado ser parias en su propio hogar.

María les prepara un almuerzo liviano y después de los saludos y los deseos de suerte salen con tiempo a la cancha para conseguir buenas ubicaciones. Martín y Román llevan una bandera que reza “Ladrón de mi cerebro” que homenajea tanto a su club como a su banda de rock favorita, Los Redonditos de Ricota. Es su ilusión que el estandarte salga en la televisión para poder presumir con sus amigos el lunes en la escuela. Carlos lleva puesta la joya de la familia, una camiseta que, dice, usó Brindisi en el campeonato del ’81.

El viaje no será fácil, pero esta pasión todo lo justifica. Tendrán que viajar una hora y media en colectivo soportando el crudo calor de febrero. Luego deberán caminar unas cuadras que imponen un nuevo desafío, el de esquivar los piedrazos de los hinchas visitantes para luego enterarse que deberán caminar otras 9 cuadras porque el operativo policial cree conveniente que el ingreso sea por otra puerta. Saben que si se quejan la respuesta más probable sean unos bastonazos de la policía que no se mostrará muy comprensiva. Después de caminar esas 9 cuadras que desembocan en el único acceso habilitado a esa hora, pasarán 3 cacheos policiales, en donde les revisarán partes del cuerpo hasta ahora desconocidas.

Pero todo vale la pena, están listos para ver a su Boca. Una vez ubicados en el mismo sector que ocupan domingo a domingo empezarán a saludar a sus amigos de cancha, esos a quienes no conocen fuera de este ámbito, esos que tienen nombres, edades y costumbres inciertas, pero que si faltan les generan una preocupación que dura lo que tardan los equipos en salir a la cancha.

Mientras miran el partido de reserva escucharán entretenidos las historias que cuentan los vitalicios, esos jubilados que ocupan el mismo lugar hace 30 años y saben absolutamente todos los chismes y rumores que rodean al club. Hacen pronósticos, comparaciones con glorias del pasado y apreciaciones tácticas, todo sin despegar la vieja Spika de su oído en ningún momento.

Una vez finalizado el cotejo de reserva llega el momento que Carlos está esperando desde el jueves: La salida de los equipos. Boca toma el campo primero bajo una lluvia de papelitos y Carlos siente que si esto no es la elevación al Nirvana, debe ser algo muy similar. Ante la salida de los rivales se le transforma la cara que se enrojece mientras los chifla a todo pulmón.

A Carlos no le gusta la discriminación y es un ferviente militante en contra de la violencia pero cuando la hinchada grita: “¡A estos putos los tenemos que matar!” él canta con ellos. Sus hijos miran al espectro que tomó posesión de su padre insultar y amenazar al árbitro con palabras que jamás pensaron que Carlos, el dulce y amoroso papá que los cuida a diario, pudiera pronunciar.

Gol de Boca! Finalmente parece que los planetas se alinean y todo sale como Carlos había planeado. Ahora no importan las cuentas impagas que se acumulan ni el fracaso escolar de Román, es todo felicidad y un indicador de que todo va a cambiar a partir de ahora.

El partido se va con la victoria de Boca, y comienza una retirada desprolija y llena de empujones. Tras esperar durante 30 minutos el colectivo que no se dignará a pasar deciden emprender la vuelta a casa a pie. Caminan las cuadras que separan su hogar de la Bombonera y en el camino, Carlos saludará a sus vecinos hinchas del rival y se regodeará ante ellos de un triunfo que siente propio, aunque nunca haya jugado al fútbol, más allá de los picados entre amigos.

A la noche verá la repetición del partido para ver los detalles que se perdió en el estadio ante una tibia protesta de María que se dará vuelta en la cama resignada. Carlos la abrazará y se quedará dormido con el relato de fondo.

El lunes llegará a la oficina con el pecho hinchado de gloria, acomodará el banderín de Boca que decora su puesto de trabajo y se reirá de los hinchas del rival que se esconden de él para no ser víctimas de sus bromas.

Es el epílogo de un fin de semana como cualquier otro en Buenos Aires, el de Carlos hincha de Boca, el de Pedro hincha de River o el de Marcelo hincha de Vélez. Porque los colores nos separan, pero la pasión es la misma y el fútbol es mucho más que un partido.

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